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Rendición de Cuentas en las Instituciones sin Fines de Lucro

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La importancia de le rendición de cuentas La importancia de le rendición de cuentas

“Las organizaciones que puedan demostrar su impacto y la capacidad de administrarse sanamente, serán las organizaciones que podrán sostener sus servicios a través del tiempo.”

Esta es la máxima que se repite a lo largo y a lo ancho del sector sin fines de lucro. Medir el impacto social de su gestión se ha convertido en la obsesión de muchas de las organizaciones de base comunitaria. En los últimos años se han multiplicado los equipos, planes, talleres y proyectos centrados en la evaluación de resultados de las organizaciones sin fines de lucro. Varias son las causas que pueden dar cuenta de esta preocupación por medir el alcance y efectividad de las actividades.

En primer lugar, las organizaciones sociales se han encontrado compitiendo por los recursos con instituciones que hace veinte o treinta años no existían. Son más las organizaciones compitiendo por el mismo dólar. Hace veinte años, los donantes contaban con opciones limitadas para inversión, ahora la oferta es más amplia y eso requiere a las organizaciones a diferenciarse más, y en esta estrategia de diferenciación mostrar la habilidad de obtener resultados ha pasado a ser un criterio importante para captar o retener a los donantes.

En segundo lugar, los recursos cada vez se hacen más limitados. La cantidad de donantes y las inversiones que éstos realizan ha disminuido a través del tiempo. Las fundaciones subvencionan proyectos que estén alineados a sus intereses de inversión social, los donantes corporativos interesan desarrollar programas que beneficien sus líneas de negocio y los fondos públicos se han vuelto un dolor de cabeza para las organizaciones – aunque la mayoría de su operación todavía dependa de ellos.

Pero no basta con la voluntad y el deseo de querer medir nuestro impacto. A una empresa con fines lucrativos le es relativamente sencillo conocer si su operación va por buen camino. Tiene a su disposición varios indicadores económicos que, pudieran ser suficientes para hacerse una idea de la situación. Medir el cambio social no es tan sencillo como contabilizar el número de computadoras, membresías o pólizas vendidas. Para una organización de base comunitaria el beneficio no es el criterio determinante de su buen desempeño, pues éste viene determinado por el cumplimiento de su misión social.

Ante un panorama económico en contracción, un alto nivel de desigualdad social y una alta migración en puerto Rico, las organizaciones de base comunitaria locales se han adaptado y continúan contribuyendo de manera significativa al País.

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Según el más reciente estudio sobre organizaciones sin fines de lucro (Estudios Técnicos, 2015) se identificaron 11,570 organizaciones sin fines de lucro de acuerdo a la definición del estudio que ofrecen servicios anualmente a más de 700,000 personas en Puerto Rico. De las organizaciones entrevistadas 54% cuenta con un Plan Estratégico. De éstas, 8 de cada 10 llevan a cabo evaluaciones para medir el cumplimiento con esos planes.

¿Pero cómo puede saber si su organización de base comunitaria está cumpliendo su misión social? Se pensaba, y muchas organizaciones lo siguen haciendo, que bastaba justificar la inversión económica en una causa. En realidad ese sigue siendo el único criterio de éxito para muchas instituciones.

Las organizaciones de base comunitaria no son líderes de su sector por la inversión realizada, sino por el cambio generado en su entorno. Esto puede resultar obvio para muchos lectores, sin embargo, la mayoría de las instituciones ignoran este dato. Solo con revisar los informes anuales de la mayoría de las organizaciones de base comunitaria locales para demostrar que pocas de ellas mencionan el cambio generado gracias a su acción; en el mejor de los casos informan sobre el número de programas que ofrecen, sus áreas de su intervención programática, la población atendida y las regiones donde están presentes “ofreciendo el servicio”.

La realidad es que toda esta información lo que nos indica es cómo fue gastado el dinero invertido por los donantes, pero no el resultado final de esa inversión.

¿Y por qué algunas organizaciones no son efectivas en evaluar el cambio que generan sus acciones?

Porque no es nada sencillo. En principio, el término evaluación trata de dar respuesta a la pregunta de: ¿Fue eficaz nuestro programa? Pero esta pregunta tan sencilla tiende a complicarse: ¿Cuán efectivo fue en relación con otras acciones en la comunidad o con la clientela? ¿Produjo algunos efectos no deseados? ¿Por qué funcionó o no funcionó? ¿Qué lecciones se podrían aplicar en otros contextos diferentes? ¿Es ampliable nuestro programa? ¿Hay otros programas más atractivos desde el punto de vista costo - beneficio? ¿Cuántos de los resultados son atribuibles directamente a nuestra intervención? ¿Pueden haber intervenido factores externos no controlados en los resultados finales? Todas estas cuestiones no son fáciles de contestar desde el punto de vista técnico.

El objetivo de la mayoría de las organizaciones no debe consistir en prestar servicios. Los servicios y actividades son sólo medios para alcanzar un objetivo que persigue cambiar las vidas de las poblaciones en necesidad de un cambio social. Además, responder con el rigor exigido a estas cuestiones tiene un costo económico que muchas organizaciones no pueden asumir.

Estas dos razones - la complejidad de determinar científicamente el resultado de nuestras acciones y el costo económico de hacerlo - son los dos principales obstáculos que enfrentan las organizaciones a la hora de impulsar las acciones de evaluación.

¿Cómo evaluar efectivamente el impacto de su gestión social?

Pero entonces, ¿qué deben hacer las organizaciones de base comunitaria para evaluar efectivamente el impacto de su gestión social? Sabemos que, antes de iniciar un programa comunitario, es preciso realizar una evaluación de las necesidades sociales cuya finalidad es identificar la naturaleza del problema, definir la población objeto de intervención y determinar los servicios que atacarán el problema detectado.

Esta fase inicial es crítica, pues si los servicios no son diseñados adecuadamente para atender el problema o si la necesidad percibida es diferente a la necesidad real, el programa será ineficaz en atenderlo. Una vez identificadas las necesidades y elegida la estrategia adecuada, se formula el programa o intervención con el fin de atender esas necesidades. Todo programa o intervención social supone e incorpora una teoría del cambio. Una “fórmula” que supone que, como consecuencia de la intervención, una determinada realidad sufrirá un cambio positivo.

Una vez que el programa o la iniciativa ha sido concebida, comienza propiamente el proceso de evaluación. Este proceso suele dividirse en dos grandes áreas: primero, la evaluación programática y, segunda, la evaluación de impacto, esta última se puede considerar una subcategoría de la primera. La evaluación de programas analiza la eficacia de las actividades, el proceso de implementación y los servicios prestados. Suele contestar las siguientes preguntas:

  • ¿Han sido consistentes los servicios con los objetivos del programa?
    ¿Consiguió atender nuestro programa a la población establecida?
    ¿Se han utilizado con eficacia los recursos – económicos, humanos, de alianzas?
    ¿Se prestaron los servicios previstos a la población?
    ¿La gestión del programa fue eficiente y transparente?

El impacto de la evaluación y su extención

Por su parte, el principal objetivo de la evaluación de impacto es conocer si un determinado programa o acción ha tenido un impacto, y más específicamente cuantificar la extensión de ese impacto. La evaluación de impacto estima la eficacia del programa comparando los resultados obtenidos por aquellos (personas, comunidades, escuelas, etc.) que participaron en el programa contra aquellos que no lo hicieron.

La mayoría de las organizaciones suelen identificar la evaluación con la evaluación de impacto, pero esta última es solo parte de la primera y además no es la parte más importante de los programas. Tratar de fijar en una foto el resultado de nuestras acciones no es posible. La evaluación sólo se puede concebir como un proceso de aprendizaje y mejoramiento continuo.

Aunque se ha avanzado mucho en hacer a las comunidades partícipes claves en el diseño y ejecución de los proyectos, lo cierto es que estas no pasan de ser, en la mayoría de los casos, meras ejecutoras formales de fórmulas elaboradas por “expertos”. Seguimos pensando que los proyectos y los programas sociales consisten básicamente en la realización de una serie de actividades dirigidas y probadas científicamente que conducirán a unos resultados previsibles, y no en un conjunto de oportunidades que facilitan la remoción los obstáculos sociales para que éste sea efectivo.

Gran parte de la experiencia de estos últimos años demuestra, inequívocamente, que los programas, para que funcionen realmente, deben ser propiedad de la gente a la que sirven. Muchas organizaciones tienen muy claro cuáles son las necesidades que quieren cubrir, pero a menudo no entienden esas necesidades desde la perspectiva de sus beneficiarios.

Quizás la gran lección pendiente por aprender sea el que el enfoque no debe ser el consabido tópico de “entender la voz del cliente”, porque cuando abordamos programas sociales no hay diferencia entre “producto” y “cliente”. En materia de impacto social, el “producto final” consiste en transformar al beneficiario de sujeto pasivo a actor de su propio destino.

Si tienes alguna pregunta relacionada al artículo, puedes comunicarte conmigo a través del FORO.

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