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Resiliencia: Porque hay Caminos muy Duros de Recorrer

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La Resiliencia y las experiencias de vida La Resiliencia y las experiencias de vida

En la psicología, resiliencia se define como la capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas. Entre las posibles circunstancias se nombran la muerte de un ser amado, el permanecer en zonas de combate por periodos prolongados, períodos de dolor emocional y situaciones adversas como perder la salud.

Por aproximadamente 10 años tuve la oportunidad de manejar mi propia empresa. La libertad económica que me ofrecía me permitió realizar una de mis pasiones de vida más importantes, visitar Nicaragua para llevar asistencia médica, perforar pozos artesanales para comunidades sin agua potable, construir viviendas y apoyar un proyecto escolar que ha sido muy significativo a través del tiempo.

Esos años de trabajo entre los necesitados de la tierra me permitieron afirmar convicciones, comprometerme más con mi fe y aprender a vivir con menos.

Recuerdo con mucho cariño la amistad de Pedro López, un hombre sin letras, residente de una comunidad a 8 horas de viaje desde Managua, capital de Nicaragua. Este hombre sin letras es líder en su comunidad, y como él conocí muchos otros que luchan frente a las adversidades que la extrema pobreza les presenta día a día.

Una tarde estaba en mi casa en Puerto Rico y recibí una llamada de Marta Romero, mi contacto, mi guía y consejera en Nicaragua. Me llamó para decirme que Pedro necesitaba mi ayuda para hacerle unas reparaciones a su casa. Me mandaba a decir que necesitaba $134.00 para reparar el techo.

Pedro es mi amigo y pudo pedirme mucho más dinero, pero solo pidió lo que necesitaba para reparar el techo, ni un centavo más.

Todas las mañanas de mi vida recuerdo a este hombre y mi memoria recorre los caminos andados para llegar y verle. Muchas veces he soñado con llegar para la temporada del maíz para comer un par de elotes (mazorcas) asados con él en su humilde casa, pero mis circunstancias económicas no me permiten llegar hasta el sector Sabana Larga en el Departamento La Segovia en Nicaragua.

Al comienzo les hablaba de lo que es resiliencia y de cómo se define en psicología. En el día a día se trata de resistir la presión de las circunstancias sin quebrarse. En palabras de Paul Bouvier, la resiliencia no es ni una vacuna contra el sufrimiento ni un estado adquirido e inmutable, sino un proceso, un camino que es preciso recorrer.

La vida de mi amigo Pedro es un notable ejemplo de ese camino que es preciso recorrer, de enfrentarse con las adversidades y no permitirse el lujo de la derrota. Así al pasar del tiempo su ejemplo ha sido una inspiración, reto continuo y una conducta a imitar.

Les contaba que por diez años tuve una empresa. Era muy prospera y contaba con 10 empleados regulares y una cantidad significativa de empleados por contrato. La empresa fue creciendo con paso firme y era ejemplo entre la competencia de cómo se trabajaba con calidad total y profesionalismo.

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A través del tiempo pude hacer inversiones con el propósito de asegurar el futuro de mi familia. Cometí errores como administrador, pero ¿quién no? Sin embargo logré acumular un millón de dólares en propiedades y ahorros, de modo que el futuro estaba asegurado.

Mi esposa siempre había tenido el sueño de una casa en madera con balcón alrededor, pequeña y en el campo. Así que cuando tuve la ocasión traté de construirla como ella la había soñado.

Ese recuerdo tan particular me trae a la memoria una mujer extraordinaria que conocí en la costa del Pacífico de Nicaragua, su nombre era Victoria. La conocí inicialmente por un video que un amigo querido me hizo llegar, su nombre es Oscar Romero, quien murió sin que pudiera decirle lo mucho que yo valoraba su amistad. Murió siendo joven, lleno de fuerzas y con muchos deseos de trabajar por su gente y por los niños de manera especial.

Oscar me envió a Puerto Rico un video en el que me presentaba a Victoria, su familia y su casita de madera podrida, cartones y latones. También recuerdo la cama donde dormía su hija, un panel sobre cuatro bloques, pero lo que recuerdo con mayor nitidez es la imagen de Victoria en silla de ruedas y sin piernas, producto de su lucha contra la diabetes.

Cuando le conocí en persona me dejó perplejo su paz interior, su alegría de vida y su tremenda esperanza de futuro a pesar de haber luchado continuamente contra la adversidad.En unos meses construimos su casa y le visitamos para la inauguración.

Pero faltaba mi amigo Oscar, que había muerto sin ver la nueva casa de Victoria. A pesar de ello tuvimos una celebración maravillosa y sustituimos la cama de su hija por una mucho más cómoda.

Entonces vino la mejor parte, Victoria quiso decir unas palabras y nos contaba que al morir Oscar ella pensó que el proyecto de su casa se quedaría inconcluso, pero que una tarde tuvo una visión y veía su casa nueva y mirando fijamente a su alrededor nos dijo que era exactamente como la que ahora habitaba.

En este punto puede usted pensar que es una locura y si así piensa está en su derecho. Yo solo sé que tanto Victoria como mi esposa llegaron a tener el hogar soñado.

El caso particular de Victoria, su capacidad para enfrentar las durezas del camino es un ejemplo de resiliencia que mi esposa atesora de manera especial. Siempre que la recordamos lo hacemos no con tristeza sino con la alegría de reconocer una vida bien vivida.

Una mañana mientras estaba en mi oficina me llegó a la mente un pensamiento. Se trataba de una idea muy fuerte que desde el principio tomé muy en serio, la empresa estaba por llegar a su fin. Entonces inicié un proceso de desarrollar nuevas ideas de negocio para no quedarme con las manos vacías.

Por varios años estuve barajando opciones pero por más que lo intenté ninguna de ellas se concretó. Así que en una reunión con el contador de la empresa inició lo temido, el principio del fin. En cuestión de meses los ahorros de la empresa se esfumaron y comenzó una crisis económica que llegó como una fina llovizna y que duró un par de años.

Una tarde estaba recostado en mi cama, no dormía pero luchaba con el sueño de la siesta y de repente comenzó a llover, primero poco y luego más, hasta que la lluvia entraba por la ventana. Sin embargo tenía tal lucha con el sueño que no quería levantarme a cerrar, así que la lluvia entraba y me mojaba la cara.

Entonces recordé a mi amigo Oscar, que aún vivía, y de unas palabras que me dijo en su casa de Managua.

Me dijo: Herbert, cuando llueve aquí, yo solo pienso en los niños que no tienen un techo para protegerse.

Aún tenía esto en mente cuando el timbre del teléfono me trajo a la realidad. No quería contestar pero el timbre insistía. Era mi amigo Oscar y le conté que recordaba sus palabras por causa de la lluvia. Han pasado muchos años de su muerte y aun me duele el no haberle dicho lo importante que era su amistad para mí.

Más aun, después de su partida encontré una carta suya entre mis cosas. En ella había una oración que leía: Gracias por ser mi amigo.

Desde entonces trato de ir más despacio, poniendo atención, valorando cada momento, acercándome a las personas, queriendo la paz con todos y no dejando palabras sin decir.

En el año 2006 cuando en mi país (Puerto Rico) aún no había llegado la crisis de la deuda pública, perdí mi empresa. La quiebra fue inevitable, por alguna razón dejamos de vender, los clientes nos abandonaron y desaparecimos.Para ese tiempo recuerdo haber dado mi último viaje a Nicaragua.

De esa experiencia lo que se quedó grabado en mi mente fue el viaje de regreso al aeropuerto de Managua, no recuerdo ninguna otra cosa. Viaja en una camioneta, en la tina (cajón) con el equipaje, era muy temprano pero el sol despuntaba. Yo iba muy triste, mirando la ciudad como queriendo arrancármela del corazón.

Tenía la fuerte convicción que había terminado aquella experiencia tan grata y ese pensamiento me destrozó. Regresé una par de veces más pero la aventura había terminado aquella mañana en dirección del aeropuerto.

Al regresar a Puerto Rico tuve que enfrentar el cierre de la empresa, el despido de las personas que trabajaron conmigo tantos años y las pérdidas financieras que se volvieron una bola de nieve que no se detuvo hasta que solo quedó la casa donde vivo, la que mi esposa soñó.

La tarde en que el contador me dio la noticia de que tendría que radicar una quiebra corporativa perdí el aliento. Hablé con mi esposa por teléfono y lloramos. Estaba desorientado y me fui a manejar por la ciudad sin rumbo. Llegué a un paseo tableado a la orilla de un río y recuerdo que lloré mucho.

Perder tanto es terrible, pero no poder hacer lo que te gusta, es peor aún. Con la pérdida de la empresa, perdí la posibilidad de llevar a cabo una de mis pasiones más entrañables, montarme en una camioneta doble tracción e irme monte adentro en las montañas de Nicaragua para ver mis amigos y para conocer otros no conocidos aun.

Por ese tiempo recuero haber escuchado la noticia de un comerciante que se suicidó en el altar de una iglesia. Pensé en las pocas fuerzas físicas y emocionales con las que me levantaba cada mañana. Estuve tres años oculto en mi casa. No quería que nadie me viera. Me sentía avergonzado del fracaso, abandonado y con un enfado horrible y continuo.

Hice varios intentos por regresar a la vida empresarial pero todos resultaron en fracasos. Así que cada vez me quedaban menos fuerzas y deseos de seguir.

Mi esposa Aida soportó día a día todas mis insolencias. Y un día me dijo que la mujer de Job también sufrió. Entonces recordé la historia de aquel patriarca judío que perdió todas sus riquezas. Y pensé en que siempre que había escuchado la historia, todos hablaban del pobre Job pero nadie mencionaba a su esposa. Aida tenía razón, la esposa de Job también sufre las pérdidas de su marido porque son suyas también.

Así que una mañana me levanté y decidí que no estaría más enojado, que como el hijo pródigo volvería al reencuentro con mi Padre, y entonces sentí que un gran peso se fue de mis hombros, como el metal que luego de resistir una gran presión regresa a su estado inicial. Dejé de sentirme cansado, avergonzado y abandonado.

JordananteElFracaso

Lo que me lleva a las palabras previamente citadas:

no hay una vacuna contra el sufrimiento ni un estado inmutable que te proteja, es un proceso, un camino que es preciso recorrer.

Dicho en palabra de Jesús: en el mundo tendrás aflicciones pero ten confianza que yo he vencido al mundo (los problemas, tristezas, angustias, la pérdida, etc.).

Definir resiliencia desde la experiencia personal tiene una dificultad: La autocompasión. Esa acción egoísta que te lleva a pensar en por qué tener que recorrer un camino extremo sin saber si sobrevivirás, el por qué le ocurren cosas malas a las buenas personas y el por qué no siempre es visible a todos el cumplimiento de la ley de la siembra y la siega.

Enfrentar la adversidad requiere tener fe, pensar de cuando en cuando que las cosas van a mejorar aun cuando no se vea el fin de la dificultad.

Es importante pensar en las personas que le rodean y que le aman, en las buenas personas que ha conocido. Concéntrese en lo mejor de la vida, en el sol despuntando por el este y sus rayos filtrándose por las ramas de los árboles, en los detalles magníficos de las flores, en la risa de sus hijos, en el amor a su esposa.

Concéntrese en que la vida es más, mucho más que el tiempo que le queda por vivir.

A mi esposa Aida.

Si tienes alguna pregunta relacionada al artículo, puedes comunicarte conmigo a través del FORO.

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